Los unión Pacífico – Atlántico y la historia del Peabirú.
Por Juan Jiménez Ubeda.
El lunes 4 de julio de 2011, en el marco de las actividades programadas para celebrar el Bicentenario del Congreso Nacional, el ex presidente de Brasil, Luis Inácio Lula Da Silva, dictó en el Salón de Honor una charla magistral, que entre sus puntos más destacados, enfatizaba la unión física –y no sólo discursiva- entre la vertiente atlántica y pacífica de América del Sur.
Entre los muchos puntos que tocó a lo largo de su intervención –desarrollo, integración latinoamericana, crecimiento económico-, Lula da Silva afirmó que para garantizar un ciclo de crecimiento continuo e inclusión social, era necesario un “osado programa de integración regional… que una a nuestros países a través de carreteras, vías férreas, puentes, garantizando un acceso libre e inmediato al Pacífico y al Atlántico”.
Insistió en que “el enfrentamiento de estas cuestiones de infraestructura física y energética, ocupa un lugar estratégico en cualquier proyecto continuo y acelerado de desarrollo regional”.
Una semana más tarde, Hugo Eurnekian, vicepresidente de la Corporación América, firma que lidera un consorcio integrado por representantes de los gobiernos de Chile y Argentina, dijo que en seis meses se iniciaría la licitación del proyecto Corredor Biocéanico Aconcagua, luego de cuatro años de estudios. Esta obra impulsada por Michelle Bachelet y Cristina Fernández, tendría una extensión total de 204 km entre Río Blanco (Chile) y Punta de Vacas (Argentina), con 52 km de túnel bajo la Cordillera de los Andes. Según cálculos del consorcio, el túnel demandaría una inversión de unos US$ 3.000 millones.
Finalmente, el jueves 4 de agosto, se entregó el proyecto final del Corredor Biocéanico Aconcagua, que incluye los estudios de factibilidad técnica, jurídica, financiera, social y ambiental. El presidente de la entidad binacional a cargo del proyecto, el director de Fronteras y Límites, Anselmo Pommes, indicó que “que este trascendental proyecto está llamado a convertirse en el Canal de Panamá del Sur”.
El sueño de los corredores biocéanicos
Al parecer, en el imaginario de los gobernantes latinoamericanos, la unión entre la vertiente pacífica y atlántica de la Cordillera de los Andes, ha ocupado un lugar relevante, por ser un símbolo faraónico de progreso y modernidad, y por constituirse sin duda en una herramienta de desarrollo y crecimiento económico. Y es singularmente fascinante cuando empezamos a rastrear desde cuando se vienen gestando estas fantasías de unión y superación de obstáculos naturales que a primera vista parecen infranqueables. ¿Estos sueños de unión nacieron en el período colonial o están cimentados sobre fantasías y senderos que fueron trazados mucho antes? La respuesta se puede responder revisando las investigaciones históricas recientes sobre rutas, senderos y caminos de la América del Sur.
En la vertiente occidental de los Andes, la ruta prehispánica más conocida es el Qhapaq Ñan, Camino Principal Andino o simplemente “Camino del Inca”. Es una red articulada de caminos e infraestructuras construidas a lo largo de más de 2.000 años de culturas andinas, que recorre más de 6.000 kilómetros, desde el sur de Colombia hasta la zona centro sur de Chile, sumando en total 25.000 kilómetros que fueron articulados en la zona central por la cultura Wari. Luego fue utilizada por incas y españoles para sus respectivos proyectos de integración territorial. Sus ramales conectaron la Zona Central de Chile con el noroeste argentino, y sería el primer vestigio de infraestructura de envergadura que atravesó las altas cumbres cordilleranas.
Sin embargo, en esta ocasión no me extenderé en la historia de esta red de caminos, sino que presentaré brevemente otra ruta prehispánica, bastante menos conocida en nuestro país, que también fue aprovechada intensamente durante el período colonial.
El Tapé Avirú, Peabirú o Camino Guaraní
El milenario Peabirú, considerado por los guaraníes como el “camino largo”, el “camino del Sol” o el “camino de los dioses”, tenía cerca de 4 mil kilómetros y conectaba el océano Atlántico al Pacífico y viceversa. Comenzaba (o terminaba) en el litoral catarinense, paranaense y paulista. Y terminaba (o comenzaba) en la costa del Perú y Chile. Los jesuitas le dieron a este camino el nombre de Camino de Santo Tomás o Saô Tomé, en alusión al discípulo de Jesús que se supone habría estado en tierras americanas.
Según las referencias históricas, el Peabirú estaba compuesto de dos troncales con diversas ramificaciones atravesando Brasil, Paraguay y Bolivia. Según Bond (1998), en Brasil tendría dos puntos de partida o de llegada, uno de ellos estaría localizado en las cercanías de São Francisco do Sul (Santa Catarina), donde penetraba al interior a la altura del río Rio Itapocu. El otro estaría ubicado cerca de São Vicente e Cananéia, en el litoral paulista. Cruzarían el estado de Paraná hasta llegar a la zona del actual Paraguay donde se encuentran Asunción y Lambaré. Seguía por las tierras bajas hasta el altiplano boliviano en el Noroeste, empalmando allí con el Qhapaq Ñan o Camino Principal Andino.
Su orientación de Noroeste a Sudeste seguía el curso de la vía Láctea, llamada por los guaraníes Tapêcué o Camino Eterno, o Mborevi Rapé, Camino del Tapir. Los guaraníes eran grandes observadores de las constelaciones y creían que sus antepasados llegaron del Universo caminando por este Camino Eterno y que al seguir su curso podían llegar al Yvy Marae’y o “Tierra sin Mal”. Esta Tierra sin Mal, una suerte de paraíso entre la tierra y el cielo, era un territorio de abundantes frutos, caza, agua y clima benigno, que les propiciaría una agradable existencia.
Algunos de los tramos peabiruanos en Brasil tenían cerca de 1,40 m de ancho, 40 centímetros de talud y eran forrados con tipos de gramíneas que se replantaban fácilmente debido a la ingeniosidad nativa. Tales gramíneas poseían semillas glutinosas, que se adherían a los pies y talones de los viajeros, propagándose conforme estos recorrían la senda.
El conocimiento del Peabirú por los conquistadores
Luego de que Vasco Núñez de Balboa cruzara el Istmo de Panamá y llegara al Mar del Sur en 1513, se pensó en alcanzar el Océano Pacífico mediante algún paso que debía existir al sur de las tierras conocidas del Brasil, por lo que el 14 de noviembre de 1514, Juan Díaz de Solís capituló nuevamente con el rey Fernando. La expedición debía partir en septiembre de 1515, en el más absoluto secreto, viajar al sur y – sin tocar las tierras que le correspondían a Portugal por el Tratado de Tordesillas- descubrir el paso entre el Pacífico y el Atlántico. En caso de encontrar del pasaje transoceánico, Juan Díaz planeaba atravesar el océano Pacífico hasta alcanzar el Extremo Oriente. La expedición partió finalmente de Sanlúcar de Barrameda el 8 de octubre de 1515.
Luego de hacer una escala de reaprovisionamiento en Santa Cruz de Tenerife, en las islas Canarias, se dirigieron a la costa del Brasil, que alcanzaron al divisar el cabo San Roque. Continuaron luego siguiendo hacia el sur la costa brasileña, en donde obtuvieron provisiones de los indígenas. Díaz de Solís navegó lentamente hacia el sur a la vista de tierra.
Prosiguió explorando la costa riograndense y la uruguaya, alcanzando la isla de Lobos y Punta del Este el 2 de febrero. Allí tomó posesión de la tierra en nombre del rey de España. Ingresaron así en el Río de la Plata, confundiéndolo con un brazo de mar de salinidad baja, que Díaz de Solís bautizó Mar Dulce, y pudo penetrar en él gracias al escaso calado de sus tres carabelas.
Viendo indígenas en la costa oriental, Díaz de Solís intentó desembarcar en un bote con siete de sus tripulantes. Solís y sus compañeros fueron sorpresivamente atacados por un grupo de indígenas que los mataron. El resto de la expedición, confundida al haber perdido a su líder, decidió retornar.
Al pasar frente a la isla Santa Catalina, naufragó una de las carabelas en la laguna de los Patos, quedando 18 marineros en la costa. Estos náufragos se separaron, siete viajaron hacia el norte en busca de los portugueses, pero otros seis permanecieron en los Patos, entre ellos el portugués Alejo García.
Alejo García en busca el oro inca
La expedición que organizó Alejo García partió el verano de 1524 del Puerto de los Patos, ubicado en la costa de Santa Catarina, Brasil, rumbo al Alto Perú. Desde que los restos de la fallida expedición de Juan Díaz de Solís entraran al puerto, hasta que Alejo García organizó su aventura, pasaron 8 años en los que permaneció conviviendo con los nativos. Allí oyó hablar de las riquezas incas en relatos que narraban una montaña toda ella de plata –posiblemente Potosí- y un poderoso rey “blanco”. García reunió un grupo de 2.000 hombres, la inmensa mayoría indígenas, y partió a la conquista del Imperio inca. Partiendo desde el litoral de Santa Catarina, viajando hacia el oeste y siguiendo el camino trazado por los guaraníes, llegó a la región de Asunción en Paraguay.
Cuando alcanzaron las fronteras del Imperio Inca, cerca de la actual ciudad de Sucre, atacaron los puestos fronterizos y llegaron a estar a menos de 150 km del Cerro de Potosí, que en aquel entonces era una montaña entera de plata pura y había dado lugar a las historias que había oído en Santa Catalina. El “rey blanco” era el inca Huayna Cápac que residía en Cuzco.
Una vez que saqueó la zona por donde se movió, llevando mucho oro y plata, se volvió por el río Paraguay, donde la expedición fue atacada, muriendo buena parte de la misma, Alejo García entre ellos.
Luego, en 1526 cuando el explorador Sebastián Gaboto pasó por la desembocadura del río que Juan Díaz de Solís había denominado “Mar Dulce”, encontró a unos indígenas que traían mucha plata y pensó que había abundancia de este mineral en las orillas del río, bautizándolo Río de la Plata. Esos indígenas probablemente habían integrado parte de la expedición de Alejo García al Perú.
El camino seguido por Alejo García fue muy utilizado después, por conquistadores como Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Mencia de Sanabria, quienes dejaron en sus crónicas indicaciones sobre las estaciones del mismo. Los investigadores que se han especializado en el estudio de esta ruta, concuerdan en que el camino seguido por García es sin duda el Peabirú, y que fueron los jesuitas quienes terminarían vertebrando una red de asentamientos misionales a lo largo del recorrido, estableciendo puntos de unión entre las reducciones guaraníes con las de Chiquitos y Moxos en el oriente boliviano. Con el tiempo, el Peabirú perdió la esencia mística que le habían dado los guaraníes, pues sus ramales fueron convertidos en Caminos Reales.
Varios autores brasileños, desde hace más de 50 años, destacan que el Peabirú se ligaba con las carreteras incas y pre incas y terminaba en el Pacífico, en el sur del Perú. Rosana Bond, autora del libro “Historia del Camino del Peabirú” señala: “Ellos no estaban equivocados, pues existieron puntas del Peabirú en el sur peruano, sin embargo su información estaba incompleta. Al investigar, verifiqué que existió otro ramal en la costa del actual Chile, poco conocido por los estudiosos brasileños hasta hoy. Fue por este tramo que muy posiblemente los guaraníes completaron la caminada del Peabirú del Atlántico hasta el Pacífico. Diversos investigadores latinoamericanos descubrieron, desde el siglo XIX, vestigios arqueológicos guaraníes muy cerca del litoral chileno, a unos 60 o 80 kilómetros de la playa. Además de eso, fueron identificados más de 300 topónimos guaranís en Chile.
Bond señala además “que que el Peabirú habría sido completado por los guaraníes, hasta el Pacífico, cerca de 1500 años atrás”.
Hace más de mil años entonces, un pueblo procedente del sur del Brasil –los guaraníes- concretó la unión física entre el Atlántico y el Pacífico, trazando un camino que atravesaba Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú y Chile. Hace un mes un presidente brasileño, insistía en la unión entre los países atlánticos y pacíficos de América del Sur, mediante la construcción de grandes obras de infraestructura. Ambos momentos, en la larga duración histórica, son sólo un pestañeo.