120 años de Juvencio Valle, el poeta mayor de los bosques de Chile

Nacido como Gilberto Concha Riffo, en noviembre del año 1900 en la Villa Almagro, “un villorrio pequeñito a orillas del río Cautín, a una legua de Nueva Imperial”, del que su familia se traslada luego a Bolonto.

Hace sus primeros estudios en la escuela de Nueva Imperial, a los 11 años ingresa al Liceo de Temuco, cuando era dirigido por Tomás Guevara, y es compañero de Pablo Neruda cuando aún se llamaba Neftalí Reyes, en tercera preparatoria. De su amistad con Neruda ha dicho:

“Sé cuan flaco era y cuan larga tenía la nariz. Muy débil, yo creía que se debía a enfermedad. La verdad es que era más joven que yo, después creció tanto que me dejó chiquitito… en todo sentido. Cuando los compañeros organizaban los partidos de fútbol, a quien nunca escogieron fue a mí. Había otros que eran unos linces. A Neruda mucho menos. Se le veía con unos libritos pequeños, de la colección Calleja, de Barcelona. Hacíamos intercambio para leer obras como “El Capitán Matabala”. Eran nuestras literaturas. Un día llevé a Neruda a casa y recorrió la hilera de libros de mi estante. Yo tenía un Quijote muy chico, con ilustraciones de Doré. Lo miró Pablo y me dijo: -Oye, préstamelo… Se lo presté y me lo devolvió.”

A pesar de estar unos pocos años en el liceo se hace un gran lector de Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, fray Luis de León, Góngora, Quevedo y Lope de Vega, a los que lee en las crestomatías escolares de esos tiempos. A ellos suma a Verne y Salgari. Sobre esos años Juvencio Valle dirá:

Permanece imborrable el tiempo de mi edad escolar. El Liceo, y este es el vivo recuerdo de todos los colegios del sur, era una enorme construcción de madera. Por las paredes llovidas crecían hongos vegetales y las tejas se cubrían de un musgo verdoso, debido a la inmensa humedad acumulada… Para llegar a clases teníamos que atravesar la línea férrea. Los trenes madereros venían desde el fondo de la selva. El cargamento que ellos traían lo constituían unas tablas rojas, recién aserradas. A su paso dejaban un olor picante y silvestre que tonificaba el ánimo. Ese olor reinoso de la madera nunca me ha podido abandonar”.

Cumplidos los 18 años y terminados los estudios secundarios, viaja a la capital en la que permanece un par de años. En Santiago su hermano mayor estudia Medicina y los padres quieren que Gilberto estudie Derecho. En la Universidad, que es un hervidero político y literario, escucha  impresionado a los líderes de la Generación del año 20, especialmente a Juan Galdulfo, y conoce al “poeta cohete” José Domingo Gómez Rojas. Cuando Neruda llega a Santiago, Juvencio Valle va de vuelta a la Araucanía. No quiere, ni debe, ni puede ser abogado.

Se hace cargo de un molino, en Bolonto, pero no se ocupa solo de moler trigo. El joven molinero lee a mares, devora libros que acumula en una rica biblioteca, escribe. Y pronto sus textos son publicados, glosas de libros, artículos, poemas que circulan en El Ideal, un bisemanario que lo hace conocido, gana los reconocimientos de las Fiestas de la Primavera de Imperial y también de Temuco. El molino y su biblioteca se queman en un voraz incendio. Casi una década después publica su primer libro, “La flauta del hombre pan”. Sin embargo para el poeta y su implacable afán autocritico, su primer libro es el segundo: “Tratado del Bosque”, texto que Neruda defiende antes los críticos Silva Castro y Meza Fuentes.

Ya en los años 30, radicado definitivamente en Santiago, se hace bohemio y asiduo visitante de El Jote y el Hércules, y los tugurios y restaurantes de calle Bandera, conoce y comparte con Angel Cruchaga, Hernán del Solar, Salvador Reyes y Luis Enrique Délano en la revista Letras. Conoce a Tomás Lago y Julio Barrenechea, participa de la Alianza de Intelectuales de Chile, publica su prosa poética en “El libro primero de Margarita”.

Al comenzar la Guerra Civil en España viaja a Europa y escribe crónicas para la revista Ercilla, en  Madrid frecuenta a los poetas republicanos Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, conoce a León Felipe y a Manuel Altolaguirre. Al final de la guerra es hecho prisionero y durante unos meses comparte en la cárcel de Porlier con los derrotados republicanos: “calor sofocante, nada de aire, piojos, miseria; los jueves, fusilamientos”, dirá más tarde.

De regreso en Chile consigue un trabajo en el servicio público, reemplazando en la Sala Francia de la Biblioteca Nacional a Angel Cruchaga Santa María.  En 1941 y con motivo de los 400 años de la fundación de Santiago obtiene el premio único del certamen organizado por la Municipalidad con su “Nimbo de piedra”. El jurado está compuesto por César Bunster, Manuel Rojas y René Frías Ojeda, y el libro es publicado por la editorial Cruz del Sur que dirige Arturo Soria. Es interesante que el libro ha sido considerado un antecedente importante para lo que será la “poesía lárica” de Jorge Teillier. Dicen los críticos que “es un retorno a la heredad, es un volver a la cabaña para inventariar lo destruido y para asegurarse de siquiera el buen deseo de reconstruirlo todo, de levantar las estacas del cercado, de afirmar las vigas, de limpiar de malezas el huerto, de arreglar el brocal del pozo”.

Ya consagrado como poeta, incluso en la voz de Gabriela Mistral, que al volver de Estocolmo con el Nobel bajo el brazo lo incluye, junto a Vicente Huidobro y Pablo Neruda entre los poetas de las letras chilenas, la Alianza de Intelectuales premia su inédito “El hijo del guardabosques” con el que ganará el Premio Municipal de Literatura en 1952.

Realiza viajes a Europa del Este, a Rumanía, visita Praga y París, conoce Austria y algunos de sus poemas son publicados en revistas europeas. Ya en 1960, y a raíz del gran terremoto de Valdivia, escribe conmovido “Nuestra tierra se mueve”, y se publica “Del monte a la ladera”, libro por el que la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, le entrega el premio “Jerónimo Lagos Lisboa”. “Del monte a la ladera” gana el Premio Municipal de Literatura de Santiago, en el género Poesía en el año 1961.

En septiembre de 1966 se le otorga el Premio Nacional de Literatura. El galardón se lo entregó un Jurado en el que estaban Sánchez Latorre, Alfonso Calderón, Mario Ferrero y Yolando Pino. En una entrevista dice que ese día hasta su casa de Eliecer Parada 1609 llegaron “Pablo, Contreras Labarca, Corvalán, Nicanor Parra y muchos otros amigos. Recuerdo que hasta bailé cueca.”

Viaja nuevamente, a Isla de Pascua, a la Unión Soviética invitado por la Unión de Escritores y recorre algunos países socialistas, dicta conferencias en Francia sobre la poesía chilena. Es jurado del Premio Casa de las Américas en La Habana, Cuba. Publica la segunda edición de “El hijo del guardabosques” y aparece su “Estación al atardecer”.

La poesía es libre como el rayo,
incorruptible como el oro;
hace llorar a veces como una cebolla abierta
o es difícil de mascar como el pan duro;
ningún extraño le entierra el diente,
no admite lazos ajenos en su cintura,
anillos frívolos en sus dedos.
No traten de domesticarla con elementos de
tortura,
coronándola de espinas
o haciéndola sudar sangre;
la poesía es como el diamante,
no la pulverizan con palabras gruesas;
cuidadosa de su persona y su tocado
no admite engaños,
orgullosa de sus orígenes
no podría aceptar ásperas carrasperas,
arranques trasnochados.

Como funcionario de la Biblioteca Nacional llega a ser Director suplente de Bibliotecas, Archivos y Museos, cargo que tuvo hasta el 12 de septiembre de 1973, día en que llegó Roque Esteban Scarpa con sus guardaespaldas a reemplazarlo. Participa activamente en agrupaciones de defensa de los DDHH, y en el Grupo de los 24. En 1978 fue uno de los fundadores de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, junto a Jaime Castillo Velasco y otros intelectuales. Incluso participa en una huelga de hambre en protesta por las violaciones a los Derechos Humanos junto a Francisco Coloane, Inés Valenzuela, Nemesio Antúnez y otras figuras de la cultura nacional.

Ya en los años 90 se reencuentra con Rafael Alberti en la casa de Neruda en Isla Negra, se reedita “El libro primero de Margarita” con grabados de Santos Chávez y se edita por la Biblioteca Nacional su obra “Pajarería chilena”.

Nunca está de más recordar a los grandes, sobre todo cuando, como en el caso de Gilberto Concha Riffo, es tan poco difundida su obra. En la Biblioteca Nicomedes Guzmán puedes pedir y leer algunas de sus obras más conocidas.

En Memoria Chilena puede conocer más sobre el autor: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-670.html